Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.
Julio Torri
Me decidí por la morena sin pensarlo, basto tenerla unos segundos de frente, a mi lado, en panorámica y con la expresión de “sé muy bien de lo que te hablo (pero me gusta echar la hueva)”. La imaginaba desnuda hablándome de Cortázar y su “Casa tomada”, de Borges y sus gilipollas. Me miró, sin frivolidad ni ganas, vacía, pensé en la mejor forma de sentarla en mis piernas, atragantarme y posibilidades remotas de amores domésticos, melodramas caprichos y berrinches.
Las ganas de escribirle me las aguanté; es buena lectora, y se daría cuenta de que me trae pendejo y caliente (“no sé me importa un pito” averiguar si acabo de escribir un pleonasmo). Cartuchos de bajo calibre disparados en zona neutral: pequeña y delicada, su belleza es mítica, mestiza, de rasgos suaves como “piel de durazno”, sus ojos dorados de miel son seductores pasos acolchados como invitación a brincarse la alambrada del paraíso, cabello negro de franco modernismo de no más de veinticuatro años, oculto en sandalias de celosía, el embriagado swing “Kiss of fire” de Louis Armstrong.
Decirle “vivo atado a los caprichos de un fantasma” hubiese sido idiotez.

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